Duele lo que está pasando en Venezuela. Duele muchísimo. Pero jamás he sentido culpa por haberme ido, y creo que es momento de decirlo con claridad, porque hay demasiados venezolanos afuera cargando un peso que no les corresponde.

Llevo doce años diciéndole a la gente que se vaya. Doce años repitiendo que buscar una vida mejor afuera es lo más sensato, lo más valiente y lo más amoroso que puede hacer una persona por sí misma y por los suyos. Y sigo pensando exactamente lo mismo hoy. No puedo sentirme culpable por haber querido tener una vida mejor. Por haber querido dormir tranquilo. Por haber querido tener oportunidades. Eso no es traición. Eso es buscar paz, tranquilidad, un futuro, una vida normal, que es la fuerza más antigua y más honesta que existe.
Sé que muchos afuera están sintiendo algo parecido a la vergüenza y culpa. La vergüenza de estar cenando caliente mientras alguien allá busca a su familia entre escombros. La vergüenza de reírse, de celebrar, de seguir con la vida cuando el país que los vio nacer está de rodillas. Y quiero decirles algo con todo el cariño del mundo: esa culpa no ayuda a nadie. No salva a nadie. No reconstruye nada. Tu sufrimiento a distancia no le devuelve la casa a nadie ni le alivia el dolor a nadie. Lo único que hace es robarte a ti la vida que tanto te costó construir.
Quiero ser muy claro con algo, porque esto no va de unos contra otros: los que se quedaron no son mejores ni peores que los que nos fuimos. Los que resistieron allá, los que cuidaron a sus padres, los que no pudieron irse, los que decidieron no irse, todos tienen su propia historia, su propia lucha, su propio coraje. Nadie tiene derecho a repartir medallas de valentía. Cada quien hizo lo que pudo con lo que tenía, y todas esas decisiones son legítimas. No hay un solo venezolano que no haya perdido algo en estos casi treinta años, esté donde esté.
Ahora bien, si de verdad queremos transformar esa culpa en algo que sirva, hay una forma concreta de hacerlo: ayudar a las víctimas del terremoto. No con lamentos en redes, no con publicaciones desgarradoras, sino con acciones reales. Hay miles de familias que perdieron literalmente todo, que están durmiendo en la calle, sin agua, sin medicinas, sin techo, sin nada. Y muchos de nosotros, desde afuera, tenemos algo que ellos hoy no tienen: capacidad de ayudar. Podemos enviar dinero a los que están sobre el terreno rescatando y asistiendo. Podemos aportar a organizaciones serias y verificadas que estén llevando alimentos, medicinas y materiales. Podemos ayudar a un familiar, a un amigo, a un vecino de la vieja cuadra que se quedó sin casa. Podemos coordinar entre varios y multiplicar el impacto. Podemos usar nuestras redes para amplificar campañas legítimas y para desmentir las falsas, que también las hay y muchas.
Y muy importante: verifiquemos siempre a quién le damos. En momentos como este proliferan los oportunistas y las cuentas falsas que se aprovechan del dolor ajeno. Investiguemos, preguntemos, confirmemos que lo que enviamos llegue realmente a manos de quien lo necesita. Porque una ayuda bien dirigida vale más que diez publicaciones llenas de emoción.
Cada euro, cada dólar, cada gestión concreta desde afuera es infinitamente más útil que un mes entero de culpa. La distancia no nos vuelve inútiles. Nos vuelve, precisamente, en la mejor posición para ayudar de verdad. Esa es la ventaja de haberse ido: que hoy podemos sostener desde afuera a los que están sosteniéndolo todo desde adentro.
Porque la Venezuela que viene, la que ojalá algún día podamos volver a abrazar sin miedo, va a necesitar gente entera, no gente rota por la culpa.
Irte no fue abandonar, fue buscar una vida mejor, y buscar una vida mejor jamás debe darte vergüenza.
Recuerda, mi nombre es Enrique Vásquez y soy abogado de extranjería estudiado y colegiado en España, para información migratoria escríbenos a www.yoemigro.com/contactanos.
En nuestro despacho también ofrecemos seguros de salud, decesos, vida y mascotas. Escríbenos a www.yoemigro.com/contactanos.
Puedes seguirme en mis redes sociales:
