«El interior» no existe: Venezuela es más que Caracas y su patio trasero

Hay dos palabras que los venezolanos repetimos sin pensar y que hacen más daño del que parece, y es cuando nos referimos a todo lo que no es Caracas como «el interior».

Mapa ilustrado de Venezuela estilo caricatura con tradiciones, gastronomía y costumbres típicas de cada uno de sus estados.

No es un término geográfico. Es un término de jerarquía. No dice dónde queda algo, dice cuánto vale. Significa «todo lo demás». Significa que hay una capital y luego está el resto, y que ese resto no necesita nombre propio porque no importa lo suficiente como para distinguirlo ni nombrarlo.

No es lo mismo un merideño que un guaro

Un merideño habla pausado, como si el frío del páramo le hubiera enseñado a no apurarse. Un guaro te cuenta tres historias en el tiempo que otro tarda en saludar. No es lo mismo un portocruzano que creció con el mar de frente y hablando rápido que un guayanés criado entre el Caroní y el hierro. No es lo mismo un zuliano que te trata de vos que un tachirense que te sirve pisca a las seis de la mañana, lo mismo con un margariteño o un cumanés, un maturinés o alguien de San Juan de los Morros o de Acarigua. Tenemos acentos distintos, comidas distintas, humor distinto, formas distintas de decir las cosas y de callarlas. Somos veintitrés estados con historia propia, no una capital y su patio trasero.

Y ahora la parte incómoda, la que duele de verdad: lo peor no es que nos lo digan. Es que lo repetimos.

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Cuántas veces te has presentado diciendo «yo soy del interior», como si el nombre de tu ciudad no importara. Cuántas veces bajaste el volumen de tu acento al llegar a Caracas, o al llegar a Madrid, o al llegar a donde sea que estés leyendo esto. Cuántas veces contaste de dónde venías como quien pide disculpas por venir de ahí. Cuántas veces alguien te preguntó «¿y eso dónde queda?» y tú respondiste «por allá» en vez de decir el nombre completo, con todas sus letras.

Eso no te lo hicieron. Eso te lo hiciste. Y te lo hiciste porque alguien te enseñó, sin decírtelo nunca en voz alta, que tu tierra era el fondo del mapa y que lo importante pasaba en otra parte.

Lo aprendí aquí, en España

Aquí nadie se disculpa por ser de donde es. El gallego habla de su pueblo con una devoción que en Venezuela reservaríamos para un país entero. El extremeño no dice que viene «de provincia»: dice Cáceres, dice Mérida, dice Zafra, y lo dice completo. En un pueblo de dos mil habitantes hay fiestas patronales, un plato que solo se hace ahí y una manera de pronunciar que el de al lado reconoce a la primera. Nadie considera que vivir lejos de Madrid sea vivir lejos de algo importante. Simplemente viven donde viven, y eso tiene nombre.

Y uno lo ve y piensa: nosotros teníamos exactamente lo mismo. Lo tenemos todavía. Lo que no tenemos es la costumbre de decirlo en voz alta.

Ser caraqueño es algo. Ser «el centro» no es nada.

Y ojo, que el caraqueño tampoco sale ganando con esta palabra. Al llamarnos a todos «el interior», Caracas también se quedó sin gentilicio: dejó de ser una ciudad con su Ávila, su gente y su forma particular de hablar, para convertirse en «la capital», una categoría vacía cuya única gracia es no ser el resto. Y ellos lo saben. Y a los que estamos afuera, esa palabra ya no nos sirve para nada: en Madrid, en Roma, en Houston o en Londres, nadie sabe qué es «el interior». Ahí lo único que puedes ofrecer es el nombre real del lugar del que vienes.

Dilo completo

No eres del interior. Eres guayanés. Eres merideña. Eres guaro. Eres zuliano, margariteño, tachirense, llanero, apureño, falconiano. Tienes un gentilicio, y ese gentilicio tiene sonido, tiene peso y tiene gente detrás.

Es lo único que no te pueden quitar en una mudanza, en un aeropuerto ni en una oficina de extranjería. Cabe en una palabra y pesa media vida.

Úsalo completo. Es tuyo, y no te lo dio Caracas.

Recuerda, mi nombre es Enrique Vásquez y soy abogado de extranjería estudiado y colegiado en España, para información migratoria escríbenos a www.yoemigro.com/contactanos.

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