Voy a hablar de algo que resume, mejor que mil discursos, el nivel de abuso que se vive en Venezuela contra la gente común. Y lo voy a hacer con un ejemplo tan reciente como indignante: el de los propietarios que, tras el terremoto, se niegan a devolverle el depósito a sus inquilinos porque el apartamento «no está en las mismas condiciones en que se entregó». El apartamento que quedó destruido. Por un terremoto. Que nadie provocó.

Detengámonos a pensar en el nivel de descaro que hace falta para eso. Una familia alquiló un inmueble, entregó su depósito como garantía, vivió ahí con normalidad, y de repente la tierra tembló y el edificio colapsó o quedó inhabitable. El inquilino no tiene absolutamente ninguna responsabilidad en eso. Cero. Un terremoto es el ejemplo perfecto de un hecho de fuerza mayor, algo que escapa por completo al control de cualquier persona. Y aun así, hay propietarios capaces de mirar a esa familia que lo perdió todo y decirle que no le devuelven su dinero porque el apartamento está dañado. El apartamento que la naturaleza destruyó, no el inquilino. Eso no es un malentendido ni una interpretación discutible del contrato. Eso es enriquecimiento ilícito puro y duro. Es quedarse con un dinero ajeno aprovechando la desgracia del otro.
Pero lo verdaderamente grave, lo que va más allá de este caso puntual, es lo que revela sobre la vida en Venezuela: la indefensión absoluta en la que vive la gente. Porque en un país que funcione, ese inquilino iría a un organismo de protección al consumidor, a un tribunal, a una instancia de defensa de sus derechos, y recuperaría lo suyo con la ley de su lado. En Venezuela, ¿a dónde va? ¿A quién reclama? ¿Ante qué autoridad, en un sistema donde las instituciones están secuestradas, colapsadas o directamente no existen para el ciudadano de a pie? La respuesta es descorazonadora: no va a ningún lado, porque no hay ningún lado. Y el abusador lo sabe. Abusa precisamente porque sabe que no habrá consecuencias, que la víctima no tiene a quién acudir, que la impunidad está garantizada.
Ese es el verdadero drama venezolano y por eso siempre repito lo mismo. No se trata solo de la economía, ni de la política, ni de la escasez. Se trata de que en Venezuela la persona común está completamente sola, sin derechos reales, sin mecanismos de defensa, sin nadie que la proteja del abuso del más fuerte, del más vivo, del que tiene más contactos o menos escrúpulos. Vives en un lugar donde cualquiera puede pasarte por encima y no hay absolutamente nada que puedas hacer al respecto.
Por eso, cuando la gente me pregunta por qué insisto tanto en que emigren, esta es una de las razones de fondo. No es solo por buscar mejores ingresos o mayor comodidad. Es por dignidad. Es por vivir en un lugar donde eres un ciudadano con derechos y no una presa fácil. Donde si alguien te roba, te abusa o te estafa, tienes a dónde ir y alguien que responda. En Venezuela, mientras las cosas sigan así, todo lo demás es una ilusión. Te venden la idea de un país de oportunidades, pero debajo de esa fachada no hay derechos, no hay protección, no hay justicia. Y un lugar donde no tienes derechos no es un lugar donde se pueda construir una vida. Es solo un lugar donde se sobrevive, a merced de quien quiera abusar de ti.
Recuerda, mi nombre es Enrique Vásquez y soy abogado de extranjería estudiado y colegiado en España, para información migratoria escríbenos a www.yoemigro.com/contactanos.
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