Cuando emigras y te integras, eres de aquí y de allá - Enrique Vásquez

Cuando emigras y te integras, eres de aquí y de allá

¿Recuerdas a esos portugueses, italianos, españoles, sirios, libaneses que viven en Venezuela y que, con su acento extranjero, dicen con orgullo y el pecho inflado “yo soy venezolano”?

Ellos no sólo se sienten venezolanos, sino que han hecho su vida en Venezuela, pues allí tienen sus negocios, sus tierras, sus casas, hijos, nietos, familia, todo.

Aunque hay muchas cosas que los unen con su tierra natal, como el acento, la comida, los recuerdos, amigos o el viaje anual para reconectar con sus orígenes; su corazón ahora también forma parte de la tierra que los acogió y les permitió tener una vida digna y feliz.

Pues, efectivamente, ellos eran –o son– venezolanos, porque en algún momento de su vida en Venezuela, solicitaron la nacionalidad venezolana a pesar de que, en aquel entonces y a diferencia de lo que ocurre hoy en día, para hacerlo era necesario renunciar a la de origen. Así, Joao es un venezolano nacido en Madeira, Filippo es un venezolano nacido en Sicilia o María, una venezolana nacida en Galicia.

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Y por supuesto, cuando alguno de ellos lo dice, los venezolanos a su alrededor nos inflamos de orgullo, porque “este es el mejor país del mundo. Todo el que viene se enamora de Venezuela”.

Lo mismo que a ellos nos está pasando a los venezolanos que hemos emigrado. Muchos, poco a poco, con el paso de los años; nos hemos ido adaptando de tal manera que hemos convertido este nuevo país en nuestro hogar, en nuestra tierra.

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Algunos ya vinimos con la nacionalidad, otros la han obtenido en el camino y, aunque no hayamos tenido que renunciar a la nacionalidad venezolana; ya nos sentimos de ese país. Algunos dicen que orgullo que son chilenos, otros argentinos, también los hay “ciudadanos americanos” (que en realidad serían estadounidenses) y, por supuesto, los que somos españoles, tanto por herencia como por residencia.

El hecho es que la migración te cambia. Hace que tus costumbres, tus valores e incluso tu cultura, de alguna forma, cambien. Después de emigrar ves el mundo diferente, tu corazón se hace más grande y dejas de querer y sentirte de una sola tierra para amar y ser de dos sitios al mismo tiempo: del país en que naciste y creciste, y del país que te adoptó y que ahora también es tu tierra.

Al final del camino, como inmigrante te conviertes en mucho más de lo que hubieras sido de haberte quedado o de lo que eras antes de dar el paso. Y eso es maravilloso. Porque cuando emigras, eres de aquí y de allá.