Esto que me sucedió en Panamá deja mal parados a los venezolanos en el mundo

Hoy en la mañana fui con mi esposa a almorzar y comprar pescado fresco en un sitio llamado “El mercado de los Mariscos” acá en Ciudad de Panamá y, luego de comernos un espectacular filete de corvina con tostones y unos camarones al ajillo con papas fritas; tomamos algunas fotos (como las que acompañan esta nota) y disfrutamos viendo el ambiente de limpieza, orden y seguridad del lugar, amén de los buenos precios de los frutos del mar.

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Sin embargo, cuando veníamos de regreso, sucedió algo que no sólo nos cayó bastante mal por las circunstancias en las que ocurrió; sino que nos hizo pensar en algunas características del gentilicio venezolano que, lejos de enorgullecernos, nos recordaron que lamentablemente todavía tenemos mucho que aprender.

Para salir del Mercado de Mariscos hacia la parada de buses, hay que cruzar una avenida de tres canales de cada lado. En ese lugar, y debido al alto tráfico de peatones, hay un rayado de cebra bien grande y claramente definido, además de un oficial de policía encargado de ayudar en el proceso de hacer que los carros se detengan para que pasen las personas que van a pie. De todos modos, cuando el policía no está, los conductores siempre frenan para dar prioridad a quienes atraviesan la vía.

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En efecto, el funcionario estaba ocupado ofreciendo información a un conductor cuando nos tocó pasar. Pero, como ya resulta normal en este punto de la ciudad, las personas que nos habíamos acumulado en la acera comenzamos a cruzar por el rayado de la amplia avenida para llegar a la parada de autobuses. Inmediatamente, los carros que venían por los dos canales más próximos a nosotros (o sea, el de la derecha y del centro, desde el punto de vista de los choferes) frenaron para darnos paso, pero en el canal izquierdo hubo un conductor que, como en cualquier calle venezolana, más bien “pisó la chola” y aceleró para pasar antes que los peatones, con un arrogante rugido de motor.

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Tuve tiempo de mirar a través de sus ventanas abiertas y ¡Oh sorpresa!, Adivinen qué… Dentro del carro, justo debajo del espejo retrovisor, ondeaba orgullosa una bandera de Venezuela. Les confieso que la arre… molestia que me dio no fue normal. Se preguntarán por qué me calentó tanto.

Seamos francos. Aunque ese sujeto viva aquí, quien lo vea haciendo ese tipo de cosas no va a decir: “qué abusador ese tipo” sino “ese es un venezolano”, “así son los venezolanos”, “por eso tienen el país como lo tienen”, y terminan por dañar la imagen de los venezolanos en el mundo y con toda la razón.

Yo entiendo que allá en la patria de Bolívar y Chávez todo el mundo haga lo que le da la gana, que nadie respete leyes, que le tiren los carros a los peatones, a los ciclistas, a otros carros y hasta a los camiones; y que lo que queda de los semáforos y rayados sean simples elementos decorativos que rememoran un extinto país que ya no volverá, pero, por el amor de Dios, se supone que si te vienes a otro lugar es porque lo que tenías en casa ya no te gusta, entonces ¿vas a dañar esto también? No es justo ni para ti, ni para mí, ni para los venezolanos que están por el mundo y mucho menos para la tierra que te acogió y que te está permitiendo darte y darles a tus hijos un mejor futuro.

Sé consciente por favor y recuerda que, fuera de Venezuela, las cosas son como deben ser y no como a ti te dé la gana, porque si lo tuyo es la anarquía, devuélvete y disfrútala allá.

Importante: en octubre de 2015 mi esposa y yo nos fuimos de Panamá, ahora vivimos en Madrid, y, en este artículo explico las razones por las que – en este momento – no emigraría a Panamá, te invito a leerlo antes de tomar una decisión.

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Enrique Vásquez