Con video: Así fue mi viaje desde Barcelona (Venezuela) hasta Madrid (España)

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El pasado 17 de julio de 2016 inició mi nueva travesía migratoria. En esta oportunidad el viaje se originaba en el estado Anzoátegui (300 kilómetros al este de Caracas, en Venezuela) y finalizaba en Madrid, capital del Reino de España.

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La verdad es que el boleto Caracas–Madrid era para el día siguiente (lunes 18 de julio a las 6:00pm por Conviasa, línea aérea del Estado venezolano), por lo que hubiese sido más cómodo hacer un vuelo Barcelona-Caracas al mediodía, pero lamentablemente esa ruta sólo tiene horarios a las 6:00 am o a las 10:00 pm.

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Decidí que pasar todo el día en el aeropuerto para luego agarrar un vuelo de 8 horas iba a ser muy exigente físicamente; así que me fui la noche anterior, me quedé en un hotel económico, que tiene transporte gratuito hasta y desde la terminal aérea (se llama Catimar) y a la 1:00 pm ya estaba chequeándome para iniciar el viaje hacia Madrid.

El chequeo en la aerolínea fue bastante rápido. Primero te recibe un chico que verifica tengas tu pasaporte a mano y que tu maleta de mano no esté muy pesada. Esto lo realiza mediante un sistema científico casi infalible: alzándola “con sus propias manos”. Imagino que su fuerza humana está perfectamente calibrada y estandarizada, permitiéndole cargar solo 10 kg de peso, por lo que aquellos carry on que este joven no pueda levantar, no podrán ser aceptados como equipaje de mano.

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Seguidamente un Guardia Nacional Antidrogas te pide el pasaporte, lo abre, mira los sellos y te pregunta a qué vas a España. En mi caso particular, que el pasaporte sólo tiene sellos de Venezuela, me preguntó si tengo otra nacionalidad. Le dije que española y ya. No me dijo más nada.

En el tercer punto de control, antes de llegar al counter, te piden el boleto y el pasaporte nuevamente. Supongo que allí verifican que tengas billete ida y vuelta, y que los nombres coincidan. Como mi boleto era one-way me preguntó si tengo nacionalidad de algún país europeo. Le mostré mi otro pasaporte y después de verificarlo y me dijo: “Ya puedes guardarlo. No necesitarás enseñarlo a más nadie aquí en Venezuela. Buen viaje”.

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Al fin llegué al counter. Con tantos puntos de control previos pareciera que vas a tardar mucho tiempo, pero realmente es bastante rápido. Una vez allí, fue como en cualquier aerolínea: piden el pasaporte, pesan las maletas, les colocan sus respectivos stickers de identificación, te dan el boarding pass, y ya.

Después, en la taquilla de Migración, la funcionaria me preguntó cuánto tiempo iba a estar fuera del país. “Un buen tiempo, como 3 meses” le dije. Me selló el pasaporte y ¡listo! Ya estaba dentro del área de embarque.

Debo reconocer que el aeropuerto internacional de Maiquetía estaba en buen estado, y se veía muy limpio. Las tiendas tenían bastante mercancía (de lo que se supone que se vende en un Duty Free), los baños estaban impecables y el aire acondicionado funcionaba en toda la zona de embarque (con excepción, justamente, de la puerta de Conviasa, donde hacía un calor horrible).

El avión que utiliza Conviasa para esta ruta es un Boeing 747 con 467 asientos, alquilado y operado por la empresa española Wamos Air para los vuelos Caracas-Madrid-Caracas y Caracas-Buenos Aires-Caracas.

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La aeronave está en un relativo buen estado. Claro, si la comparas con los Boeing 787 Dreamliner de Avianca, esta parece un autobús destartalado pero, para los estándares venezolanos actuales, está bastante bien. Tiene un sistema de entretenimiento cuyo idioma por defecto es el chino, que es posible cambiarlo a inglés, la tapicería está aceptable y la tripulación, pues, normal, ni odiosa ni simpática, hacen su trabajo y ya.

El vuelo duró casi ocho horas. Sin embargo, tomando en cuenta que nos tardamos poco más de una hora desde que embarcamos hasta que el avión despegó, puedo decir que estuve allí metido al menos nueve horas y, sinceramente; luego de la tercera hora la silla misteriosamente deja de ser cómoda para convertirse en desesperante y destructora de huesos y riñones.

Llegamos a la Terminal 1 de Barajas. Nos tocó usar autobús para poder llegar al edificio. La cola en Migración era bastante larga, especialmente la de “todos los pasaportes” que ya de por sí se demora más que la de ciudadanos europeos, porque en esa se toman más tiempo pidiéndole información a los viajeros de por qué quieren entrar a España, cuánto tiempo van a estar, cuánto dinero traen entre otras cosas que las autoridades consideren pertinentes para determinar si el extranjero es o no admitido en el país.

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En mi caso, al utilizar un pasaporte español para entrar a España, no me hicieron pregunta alguna. Solo verificaron la vigencia del pasaporte, comprueban que el de la foto soy yo y listo. Es por esto que la cola de ciudadanos europeos avanza mucho más rápido.

La desventaja de pasar tan pronto por Migración es que si traes equipaje facturado es posible que tengas que esperar un largo rato hasta que tus maletas aparezcan (si es que aparecen); tiempo en el que involuntariamente comienzas a recordar todas las cosas que has leído en redes sociales sobre maletas extraviadas en vuelos internacionales.

Al salir del área de equipaje hay dos puertas, una pintada de rojo y otra de verde. Si tienes algo que declarar pasa por la que está pintada de rojo, si no tienes nada que declarar por la de verde. Es importante recordar que, aunque pases por la puerta verde, los funcionarios que generalmente se encuentran en esa área tienen la potestad de revisar tu equipaje y, si consiguen algo que debiste haber declarado, pero no lo hiciste, podrías recibir una multa e incluso terminar en la cárcel.

Al salir tienes varias opciones para llegar a tu destino final: Taxi, Uber, Metro, Renfe (tren) o, si lo prefieres, hay muchos bares para que te tomes una copa de vino y te comas un bocadillo de tomate con jamón para entrar en ambiente antes de seguir.

En mi caso, sólo traía 30 euros en efectivo, así que me tocó negociar con el taxista y decirle que era lo único que tenía. Finalmente llegué a destino y el taxímetro marcó 28,90 euros, por lo que me alcanzó e incluso sobró para tomarme una caña en el bar de la esquina.

Ahora, ya una semana después de haber llegado, sigo aclimatándome, descubriendo el calor del verano (que es una dimensión calorífica totalmente desconocida para mí), mientras continúo la búsqueda de piso para vivir y empleo para poder pagar el piso, los gastos y lograr la estabilidad y el futuro que anhelamos en esta nueva etapa de vida. No pasará mucho tiempo sin conseguir eso. Tengo fe en ello.

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Enrique Vásquez

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