Acabo de ver el video de una chica venezolana que después de diez años en Chile, con su casa propia, un buen trabajo y toda su estabilidad construida a pulso, sintió un día «el llamado de volver a casa», vendió absolutamente todo y se regresó a Venezuela. Y confieso que me quedé un buen rato mirando la pantalla, tratando de entenderlo, sin lograrlo del todo. Porque por más vueltas que le doy, no logro ponerme en esos zapatos. Y eso me llevó a una pregunta más incómoda y más personal: ¿seré yo el raro?

Lo digo con toda honestidad. Yo llevo diez años fuera, y cada día que pasa siento más que mi casa es donde estoy ahora. Cada día Venezuela se me vuelve un recuerdo un poco más lejano, una postal que quiero y que respeto, pero que ya no me llama, que ya no tira de mí, que ya no ocupa ese lugar de anhelo permanente que sí veo en otras personas. Y no es desamor ni desarraigo. Es otra cosa. Es haber echado raíces nuevas tan profundas que el suelo de antes, aunque sigue estando ahí, ya no es el suelo donde crezco. Por eso ver a alguien hacer exactamente lo contrario, desmontar una vida entera para volver, me genera una mezcla de asombro, curiosidad y hasta un poco de vértigo.
Pero quiero ser justo, porque sería muy fácil despachar esa decisión como una locura y ya. No lo es necesariamente. Hay algo que mueve a esa chica y a muchos como ella que merece ser entendido en lugar de juzgado. El ser humano no se mueve solo por lógica. Se mueve por emoción, por pertenencia, por esa necesidad profunda de sentir que está en el lugar correcto. Y para algunas personas, por más estabilidad material que logren afuera, ese lugar correcto sigue estando allá, en la tierra donde nacieron, donde están sus muertos, sus calles, su idioma emocional, esa versión de sí mismos que solo existe en su país. Para ellos, la casa propia y el buen trabajo nunca terminaron de llenar un vacío que no es económico sino existencial. Y cuando ese vacío pesa más que la comodidad, la balanza se inclina hacia el regreso, aunque no tenga sentido en una hoja de cálculo.
Ahora bien, también hay que decir las cosas como son, sin romanticismo. Muchas de esas decisiones tomadas «por el llamado del corazón» se estrellan después contra una realidad muy dura. Porque una cosa es la Venezuela que uno idealiza desde la distancia y otra muy distinta es la Venezuela real, la de los apagones, la de los servicios que no funcionan, la de la inseguridad, la de la falta de oportunidades, la de las multimonedas y diversas tasas de cambio. El llamado del corazón es poderoso, pero el corazón tiene muy mala memoria y una tendencia peligrosa a recordar solo lo bueno. Muchos vuelven persiguiendo un país que ya no existe, o que quizás nunca existió como lo recuerdan, y descubren demasiado tarde que lo que extrañaban no era un lugar sino un tiempo, una juventud, una etapa de la vida que no vuelve aunque uno cruce el océano de regreso.
Y aquí está, creo yo, la diferencia entre ella y yo, entre los que sienten ese llamado y los que ya no lo sentimos. No es que unos amemos más a Venezuela y otros menos. Es que procesamos el duelo de la emigración de formas distintas. Algunos nunca terminan de hacer ese duelo y viven con un pie aquí y otro allá hasta que el peso emocional los devuelve. Otros, en cambio, hicimos las paces con la partida, enterramos esa versión anterior de nuestra vida y decidimos florecer donde nos tocó caer. Ninguna de las dos formas es superior a la otra. Son maneras diferentes de cargar la misma herida. La de ella la resuelve volviendo. La mía la resolví quedándome y construyendo.
Lo que sí creo, y esto lo digo con cariño y sin soberbia, es que las decisiones tan grandes no deberían tomarse solo desde la emoción de un momento. «Sentir el llamado» está muy bien para un video bonito y emotivo, pero vender toda una vida construida durante diez años merece algo más que un impulso. Merece reflexión, merece cabeza además de corazón, merece preguntarse con honestidad si lo que uno busca lo va a encontrar de verdad allá, o si es algo que en realidad lleva dentro y que ningún país le va a resolver. Porque si la insatisfacción viaja contigo, va a estar esperándote también en Venezuela, con apagón incluido.
Ojalá a esa chica le vaya bien. De corazón. Ojalá haya encontrado eso que buscaba y que su regreso sea todo lo que soñó. Pero si algo he aprendido en estos diez años es que la casa no siempre es el lugar donde nacimos. A veces la casa es el lugar donde por fin encontramos la paz. Y para mí, hoy, esa paz tiene nombre de país adoptivo. No reniego de dónde vengo. Simplemente ya sé dónde quiero estar. Y quizás eso, más que rareza, sea también una forma de haber llegado a casa.
Recuerda, mi nombre es Enrique Vásquez y soy abogado de extranjería estudiado y colegiado en España, para información migratoria escríbenos a www.yoemigro.com/contactanos.
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