Encerrados en casa, día 25: Caracas y “el interior”

Llegamos al día 25 de confinamiento en casa. Al parecer, el gobierno ya está buscando fórmulas para reactivar poco a poco el país. Sinceramente, ya le agarré el gusto a estar encerrado. Si no fuera porque no tengo ingresos y me toca salir a buscarlos, pues, me quedaría feliz en una cuarentena permanente.

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La verdad estoy un poco paranoico. Siento que el malvado virus está en todos lados. Llega el chico de Amazon con la compra y me veo tentado hasta a lavar la barra de pan con agua y jabón para desinfectarla, ¿o más bien debería decir “desvirularla”?

Es desesperante esto de coger la compra, sacarla de las bolsas, poner todo en el pasillo y luego ir lavando ítem por ítem… Después, lavar las suelas de los zapatos con agua, jabón y lejía, para posteriormente meter toda la ropa en la lavadora y luego bañarme; lo mismo si toca ir al supermercado o incluso al bajar la basura. No se puede vivir con tanta paranoia.

Sí creo que el gobierno debería ofrecer la posibilidad de hacer tests masivos, para saber quien ha creado anticuerpos contra el COVID-19. De esa forma, quienes ya estén inmunizados podrían seguir con su vida más normal y los que no, pues, a seguir aislados del mundo o qué se yo.

No sé cómo será el mundo al salir de esto, pero si estoy seguro de algo es que, hasta que no haya una vacuna o una cura, todos seguiremos viviendo con tapabocas y guantes, lavándonos las manos de forma casi compulsiva y viviendo bajo un estado de terror autoimpuesto; destruyendo casi cualquier posibilidad de contacto social. Es decir, aislándonos del resto del mundo y separando a nietos de abuelos, hijos de padres, amigos y pare usted de contar. Sinceramente, espero que la tan ansiada vacuna se consiga pronto, pues todos queremos volver a la normalidad.

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Hoy, por esas cosas del destino, y por un tweet que vi en mi timeline de Twitter, volví a recordar, y conversar, sobre esa nefasta dicotomía “Caracas – El Interior” que nos han metido en la cabeza durante décadas en Venezuela (incluso desde los diferentes gobiernos y medios de comunicación). Se trata de esa manía que tienen los caraqueños de llamar “el interior” a todo lo que no sea la capital y, a pesar de que nací y viví mis primeros años en la “Sultana del Ávila”; no puedo evitar ponerme de mala hostia cuando veo como alguien se refiere al resto del país como “el interior”.

No entiendo por qué meten en un saco gris y amorfo a 24 estados, decenas de ciudades, cientos de pueblos y miles de caseríos. No logro comprender por qué un caraqueño dice “voy al interior”, así vaya a Mérida o a Maturín, cuando ambas ciudades son tan distintas, tan únicas y sobre todo, tan distantes, cada una en un extremo opuesto del país, con relación a Caracas.

Quizás uno de los motivos por el que los gobiernos siempre han dejado a un lado a “el interior”, es precisamente por ese mote que nos han puesto. En Venezuela, el interior es una prenda de ropa íntima masculina a la que no se le suele tomar en cuenta sino cuando está sucia para cambiártela (o cuando vas a una cita “especial”). De resto, es ignorada, no existe, da igual si tiene huecos o si está “ruyida”, total, no se ve, básicamente es como si no existiera. Por eso, mientras los que no somos de Caracas, sigamos permitiendo que nos etiqueten como “el interior”, seguiremos siendo invisibles y menospreciados. Ya basta.

Mientras, volvamos a la realidad madrileña. Aquí seguimos en cuarentena, aunque con mejor clima, que ya no es desesperante aunque el sol aparece de a ratos para volver a esconderse tras un manto de lluvia pero, por lo menos, ya es posible abrir la puerta y salir a la terraza (así sea a aplaudir) sin tener que cubrirse bajo siete mantos de tela para evitar el frío. Esto también pasará aunque, la verdad, no sé qué tan pronto. Amanecerá y veremos.

Por cierto, les recuerdo que a las 23:00 horas, de lunes a sábado, mientras dure el estado de alarma, estaré en vivo por YouTube en este canal. Suscríbanse.