Encerrados en casa: Día 5

Día 5 de cuarentena. Anoche llamé por teléfono a Venezuela y hablé con mi papá, para saber cómo les va ahora que también les han impuesto una cuarentena. Mientras conversábamos me “echó un cuento” de esos que tienen los orientales, que me hizo mucha gracia.

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Hay que tener en cuenta que mi papá vive en una zona rural del estado Anzoátegui y no tiene smartphone, ni internet, sólo un Movistar fijo que le compré antes de venirme. Salvo ese teléfono, su televisor con señal abierta, la radio y la poca prensa, no tiene ninguna otra conexión con el mundo exterior (más allá de los árboles de mango, aguacate y guanábana del patio, que quizás le comuniquen alguna señal de los espíritus).

Con la medida de cuarentena, según me dijo, llegó el caos. Algo que otros amigos y conocidos que están allá me han confirmado con testimonios, por ejemplo, sobre la prohibición de repostar combustible en los vehículos salvo que sean de carga, transporte público, policías, militares o ambulancias.

También supe que los militares estaban obligando a cerrar todo tipo de negocios (incluyendo panaderías) y que el uso de mascarillas también es obligatorio, so pena de privación de libertad. La desinformación y la arbitrariedad abundan. Es una locura total. Lo único que falta es que aparezca Godzilla echando fuego por la boca y quemando todo.

Más difícil que estar en cuarentena en España, es saber que en Venezuela tu familia también está atrapada, pero en un país en condiciones críticas. Para hacerlo peor, para muchos de los que estamos afuera es ahora más difícil ayudarles económicamente ya que, producto de la crisis, los ingresos se han ido apique y lo que nos viene también es duro, muy duro.

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Lo que me sorprende es que, ante momentos tan difíciles, la creatividad y buen humor de los españoles ha salido a flote y, a lo largo y ancho del país, están pasando cosas maravillosas. Lo más destacable es el aplauso de las 20:00 en honor a los sanitarios que cuidan la salud de todos pero, más allá de eso, me resulta admirable el comportamiento cívico de la gente en las colas de correos, supermercados, bancos, estancos, fruterías y en definitiva, en todos los negocios que aún están abiertos.

Menos el señor de no menos de 80 años que estaba esta mañana en la cola de Correos, que decía “lo del coronavirus es mentira” y “nadie se va a morir de eso”, mientras quienes estábamos a su alrededor mirábamos aterrorizados como se acercaba a nosotros y no respetaba la distancia de seguridad anti contagio, al mejor estilo Walking Dead.

Debo confesar que gran parte de mi fe en que todo saldrá bien, viene dada por esas muestras de buen humor y creatividad que he visto en redes sociales, desde el Policía bailando, hasta el que salió a tirar la basura disfrazado de tiranosaurio… ¿vaya tío eh?

Esta cuarentena global ha tenido muchas consecuencias en el planeta. Muchas positivas, como por ejemplo la limpieza del agua de los canales de Venecia o la disminución de la contaminación en Madrid; hasta otras realmente asombrosas, como un ataque de monos hambrientos en Tailandia.

Resulta que los monos, que son muchísimos, están acostumbrados a que los turistas les den comida, pero debido al coronavirus ha bajado muchísimo la afluencia de visitantes a esa ciudad y los monos andan desesperados del hambre, por lo que comenzaron a matarse entre ellos por un poco de comida… ¿qué loco no?

Como les comenté, hoy finalmente fui a Correos. Hice un esfuerzo sobrehumano para levantarme temprano (¡y lo logré!, a las 11 de la mañana ya estaba en pie); pero el día se me ha hecho larguísimo porque esto de madrugar no es para mí. En fin, llegué a las 11:45. La cola era menos larga que ayer, pero sí mucho más lenta. Había un chico dando información y a las 12:05 salió, me miró como pensando “yo sé que tienes miedo y te asustaré más” y dijo: “a las 12:30 cerramos, los que estén afuera se quedarán sin ser atendidos”, mientras me miraba fijamente…

Al final logré entrar a las 12:20 e hice los envíos que tenía que hacer. Mientras me atendían (a un metro de distancia del mostrador), escuchaba detrás de mí al señor escéptico, hablando con otra funcionaria en la siguiente taquilla, quien a cada momento (y con cada vez más miedo en la voz) le decía primero y gritaba después: “señor aléjese, póngase detrás de la línea amarilla que está en el suelo”.

De allí me fui al supermercado. Había algo de gente en la calle, aunque me pareció ver menos personas que ayer. La cola de la entrada me recordó mucho a las de Venezuela sólo que aquí la distancia entre personas era más grande y, cómo aún las colas son algo nuevo, todavía no es posible ver con su banquito plegable bajo el brazo para sentarse mientras le toca esperar.

En el Supercor, el encargado seguridad te obligaba a ponerte unos guantes plásticos (de esos de frutería) para poder entrar. Había de todo. Sin embargo, la parte de leche y papel sanitario estaba bastante vacía.

Mientras tanto, el personal de construcción sigue trabajando normal. Cerca de casa están reformando un Burger King y me parece que hasta están trabajando más rápido de lo normal. Creo que se quieren ir a casa pronto porque eso va “a todo gas”. Ayer todo estaba en bloque y ya hoy lo vi frisado, con puertas y hasta pintado.

Hablando de trabajadores de la construcción, hoy le hice una transferencia a un amigo que se dedica a las reformas y me llevé una desagradable sorpresa. Cuidado con Bankia, que impuso una comisión de 4 euros (sí, 4 euros) a las transferencias inmediatas. Antes eran gratis… Hoy me llevé esa sorpresa porque hice la transferencia sin ver y fue tarde cuando puse atención.

Hasta ahora, con tanta gente en cuarentena (incluyendo a la adorable niña del piso de arriba, que se la pasa corriendo de la puerta al balcón y en mi techo retumba día y noche un desesperante y agobiante “bum-bum-bum”); he notado que, de los tres servicios públicos que tengo en casa, dos han funcionado a la perfección: la electricidad y el internet.

Del agua no puedo decir lo mismo. Es casi imposible ducharse a gusto antes de la 1:00 de la mañana porque durante la tarde la presión baja muchísimo y me siento como cuando me duchaba en casa de mi mamá hace ya bastantes años en Venezuela (con un hilo de agua tan mínimo que, cuando terminas de lavarte un brazo ya tienes seco el otro).

Sin embargo, el internet es otra cosa. Recordemos que España tiene uno de los sistemas de telecomunicaciones más robustos del mundo. El consumo de datos ha aumentado hasta 700% en el caso de WhatsApp en los últimos días y no he notado ninguna reducción de velocidad en el servicio, ni caídas, ni nada. Lo único que se cayó fue la posibilidad de hacer portabilidades porque el Decreto Ley de ayer las suspendió temporalmente.

Para finalizar, de debo decir que hoy comí menos que ayer, y probablemente menos que mañana… Seguiremos informando y contando cómo va esta cuarentena, día a día.