Yo sí soy cobarde (y por eso emigré)

En estos días, en distintas conversaciones que he visto en Twitter y Facebook, me he fijado que muchas personas que toman la decisión de quedarse en Venezuela califican de “cobardes” a quienes decidimos emigrar. No puedo hablar por todos los que nos fuimos pero, personalmente, tal señalamiento ni me ofende ni me quita el sueño.

La verdad es que una de las principales razones por las que mi esposa y yo tomamos esta decisión fue el miedo. Quizás reconocer eso sea suficiente para aceptar que somos cobardes. Sin embargo me gustaría explicarles por qué algunos venezolanos, como yo, somos unos “cobardes de primera” que estábamos tan, pero tan, asustados que nos aventuramos a irnos a un país extraño, con costumbres diferentes, para ser ciudadanos sin privilegios del gobierno ni beneficios políticos por el resto de nuestras vidas, mientras lo único que hacemos es trabajar, trabajar, trabajar y trabajar para labrarnos un futuro.

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Más que miedo era algo así como terror, ganas de salir corriendo, cada vez que me montaba en mi Ford Fiesta 2001 todo “remendado” y pensaba que en cualquier momento me iba a dejar botado porque tenía más de diez piezas a punto de dañarse y conseguir los repuestos era más difícil que hacer un tratamiento quirúrgico de hidrocefalia fetal con un removedor de café.

Si, para remate de mala suerte, el carro se llegaba a accidentar en la vía hacia mi casa después de las 6:00 de la tarde, probablemente no viviría para contarlo. La cantidad de invasiones que proliferaron en los alrededores de la que antiguamente fue una tranquila zona residencial, hacen palidecer al más valiente. Con el carro andando lanzaban piedras y amenazaban con pistolas desde las motos. Ahora imaginen la sensación al visualizarme con el carro varado en medio de la oscurísima y deteriorada avenida.

A este escenario de espanto había que sumarle la imposibilidad de cambiar el automóvil por uno nuevo pues, para poder hacerlo, tenía que pasar por un sinfín de mafias organizadas a las que había que pagarles cantidades absurdas de dinero sin tener siquiera la certeza de que algún día podría disfrutar de mi nuevo vehículo.

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Entonces, en el hipotético caso de que tuviera el dinero suficiente para pagar todo eso, las cosas me salieran bien y al fin tuviera mi flamante automóvil cero kilómetros; lo más probable era que los malandros de la fulana invasión me etiquetaran con la frase “este tiene plata porque compró carro” y pensaran en secuestrarme o, peor aún, me lo robaran y como el carrito lo pagué al doble del precio que dice la factura, pues, el seguro solo me cubriría la mitad de lo que gasté y listo, perdía el dinero, perdía el carro y, probablemente, hubiese perdido la vida cuando a aquel representante del “hombre nuevo” que me asignara el destino quisiera lucir en Facebook una selfie con mi cuerpo ensangrentado al fondo.

¿Miedo? ¡Miedo era el que nos invadía cuando mi esposa o yo nos enfermábamos! Nada más pensar en ir a algún centro de salud (ya no importa si público o privado) y encontrarnos con imágenes dantescas de gente sufriendo por la escasez de las cosas más elementales, horas interminables de espera y malos tratos que tenían lugar en el momento menos oportuno. Después venía la odisea de buscar las medicinas. Si las necesitabas urgente podías hasta morir mientras las encontrabas… si es que las encontrabas.

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Ni les cuento del miedo que me daba hacer mercado. Casi siempre iba por el camino pensando “¿con qué carajo me iré a encontrar ahora?”. Cuando no marcaban a la gente como ganado, la ponían a hacer una cola full digna de más de tres horas bajo el ardiente sol oriental… Pero ¡ojo! El miedo no era solo porque lo más probable era que no consiguiera lo que estaba buscando sino porque, si tenía la suerte de conseguirlo, probablemente me daría un ataque cardíaco al ver que el precio era realmente impagable.

Pero el miedo más grande de todos, que sólo se asemeja a un estado de terror casi al nivel del que sienten las personas que sufren de fobias, era el de ver que estaba en un sitio que se caía a pedazos a toda velocidad. Todo a mí alrededor se desmoronaba política, económica, social y moralmente… y cada vez que visualizaba escenarios de una posible recuperación de la normalidad en el país, no conseguía ninguno viable, al menos en el corto y mediano plazo. Estas son las razones:

1. Golpe de Estado: Ante todo hay que tener presente que tal pretensión es inconstitucional. Por otro lado, esto es algo así como el cuento de hadas más fantaseado por quienes añoran una salida rápida y donde la responsabilidad sea de los demás. La verdad es que un Golpe de Estado NO OCURRIRÁ porque los militares venezolanos están muy cómodos y felices. A ellos no les falta nada, tienen poder, influencia, contactos, son intocables, infunden miedo y, además, están con la Revolución. Aparte de eso, un Golpe de Estado caería en poco tiempo por la presión internacional de los países aliados de Venezuela, simple.

2. Rebelión Popular (o sea, “Caracazo”): Por el amor de Dios, ¿aún ustedes creen en cuentos de camino? El gobierno puede quitar todo el cupo de dólares, subir la gasolina a Bs. 50 el litro, expropiar las empresas privadas que quedan en el país y meter presos a todos los políticos opositores. Después que haga todo eso, en Venezuela no pasará nada. La gente protestará por Twitter, saldrán a las calles para hacer bailoterapia, le reclamarán a la MUD, los analistas saldrán escandalizados en programas de CNN y, en el peor de los casos, la gente se resignará diciendo “bueno, eso se sabía que iba a pasar”.

3. Elecciones: Con lo manipuladores, oportunistas y mentirosos que son los políticos de la oposición, olviden ese tema. Esa gente sólo está pendiente de pelear entre ellos para agarrar un guiso y ya. Está más que demostrado que no son capaces de unirse de verdad apartando sus intereses personales, ni de tener una estrategia clara y mucho menos de plantarle cara a los abusos del gobierno (entre ellos el CNE).

4. Invasión Extranjera (yankee, española, etc.): Ya Venezuela no es ninguna “joya de la corona” por la que una poderosa y lejana nación esté dispuesta a echarse el muerto de una raya internacional… Muchísimo menos los Estados Unidos, que siguen comprándonos petróleo casi que por costumbre histórica porque, a estas alturas, ya ni falta les hace. Con respecto a España pasa algo parecido. Hace casi 200 años que desistieron de sus planes conquistadores

5. Los del gobierno “se pelearán entre ellos” y la revolución implosionará: Negativo. Una de las mejores amalgamas que existen en el mundo es el dinero y en Venezuela siempre va a haber dinero que robar, por lo tanto, los rojos rojitos del gobierno seguirán unidos alrededor de millones de papelitos rectangulares color verdoso que tienen la foto de Benjamin Franklin.

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Así que, hermano venezolano que sigues en Venezuela y buscas menospreciar a los que emigramos llamándonos “cobardes”, te reitero: Mi miedo fue lo que me llevó a perder la esperanza de un cambio y tomar la decisión de emigrar. Entonces, si fue la cobardía la que me impulsó a buscar otros horizontes para darle a mi familia calidad de vida, no me siento mal por eso, me siento orgulloso de reconocer mis temores.

¿Tú decidiste quedarte en Venezuela? Es tu derecho y te lo respeto, jamás te criticaría por eso. Te felicito por tus convicciones (y por tu valentía), Jamás, pero jamás, me atrevería opinar sobre tus decisiones personales, pero sobre lo que ocurre en mi país en líneas generales, sobre aquello que sea un asunto público voy a seguir opinando cada vez que quiera, te guste o no.

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Enrique Vásquez