
Más que contar mis diez años aquí, lo que quiero es ser la prueba viviente de que en España, más allá de lo que muchos repiten, sí se puede, y de que este es un país de oportunidades donde se puede lograr lo que uno se propone si sabe cómo hacerlo.
Antes de emigrar: la vida que dejé en Venezuela
En Venezuela, y sé que parece un cliché lo que voy a decir, porque en muchos países se ríen de nosotros porque los venezolanos siempre contamos que allá teníamos y éramos mil cosas, yo era Licenciado en Administración, profesor universitario, locutor y tenía mis negocios, con los que no me iba nada mal. No sé si era mucho o poco, pero si me permiten la vanidad de citar lo que decían de mí en aquel momento, era lo que la gente llamaba una estrella en ascenso: alguien a quien se invitaba a hablar, a quien se consultaba, alguien que estaba construyendo algo con cimientos que parecían firmes y una trayectoria que apuntaba hacia arriba con una limpieza casi insultante.
Todo eso lo dejé en 2014, cuando emigré a Panamá tras darme cuenta de que en Venezuela no habría futuro para alguien que simplemente quería vivir en un país normal, convencido de que ese futuro estaba en el istmo. Allí puse dinero, tiempo, ilusión y ese optimismo insoportable del que todavía cree que la voluntad, por sí sola, mueve montañas, y en aquellos casi dos años perdí literalmente todos mis ahorros mientras absolutamente todo salía al revés de como lo había planificado. A finales de 2015 volví a Venezuela con las tablas en la cabeza, que es la manera venezolana de decir que uno regresa del naufragio agarrado a los restos del barco, sin nada de lo que se llevó y con bastante menos de lo que tenía antes de irse.
Aquellos meses de vuelta en Venezuela, entre finales de 2015 y julio de 2016, fueron probablemente los más duros de toda esta historia, y no por las razones que uno esperaría. No fue el dinero, ni siquiera la incertidumbre, sino tener que mirar de frente a las mismas personas que me habían despedido con abrazos y con augurios de éxito, y explicarles, sin dramatismo y sin excusas, que la cosa no había salido. Emigrar una vez es una aventura y a uno se la aplauden; emigrar dos veces es una confesión, y esa te la preguntan bajito, con la voz un poco más suave, con esa cara de «¿y ahora qué vas a hacer?» que se te queda pegada durante meses.
Por qué elegí emigrar a España y no a otro país
Lo que hice fue prepararme. No me hundí, no me quedé rumiando el fracaso ni buscando culpables, simplemente decidí seguir adelante y buscar un nuevo sitio al que emigrar, y por mi cabeza pasaron varias opciones: Chile, Estados Unidos, Inglaterra y España.
Me decanté por España, y todo el mundo a mi alrededor me dijo que estaba cometiendo un error, que allí no había futuro, que no se ganaba dinero, que era un país en crisis permanente donde nadie salía adelante. Yo vi exactamente lo contrario. Vi un país donde las reglas, por complicadas que fueran, estaban escritas y se cumplían; donde el idioma no iba a ser una barrera que me robara cinco años; donde existía una estructura, unas leyes y una seguridad jurídica que permitían construir a largo plazo en lugar de improvisar a corto. Vi, sobre todo, un sitio donde lo que se levanta no te lo pueden quitar de un día para otro, que era precisamente lo que había perdido dos veces, y debo confesar que tras los episodios de xenofobia vividos en Panamá, quise venirme a un sitio en el que nadie me fuese a decir “vete a tu país”, porque por mi herencia, España también es mi país.
Diez años después sostengo esa decisión con más convicción que entonces, y quienes me advertían siguen, muchos de ellos, exactamente dónde estaban.
Los primeros meses en Madrid: empezar de cero sin dinero
Llegué a Madrid un 19 de julio con dos maletas cargadas al treinta por ciento de sueños, al treinta por ciento de miedos y al cuarenta por ciento de ganas, con la oferta de un amigo de quedarme unos días en su sofá y con la certeza incómoda de estar comenzando de cero por segunda vez en dos años, solo que ahora con mucho menos dinero que la primera, lo cual lo hacía todo bastante más difícil e incierto.
Los primeros meses trabajé de camarero, y no lo hice por vocación ni por épica, sino por una razón puramente estratégica que quiero que se entienda bien: necesitaba un contrato de trabajo, porque sin contrato no hay quien te alquile una vivienda y tener un techo eso es lo más importante para un inmigrante, además, para los papeles de mi esposa necesitaba una de dos: medios económicos o un contrato de trabajo y, como ya expliqué, dinero no había, así que el contrato también fue necesario para eso. La bandeja no era el objetivo, era el instrumento.
Tantas horas de pie hacen cosas muy concretas con un cuerpo de más de cuarenta años, con sobrepeso y acostumbrado al trabajo de oficina, y la primera de todas es enseñarte que el cansancio tiene capas: primero duelen los pies, que se hinchan de una manera que ya no baja del todo antes del turno siguiente, después se instala una piedra permanente entre el omóplato y el cuello, y al final la espalda deja simplemente de avisar, que es peor. El olor a cocina, además, no se va con la ducha, se te queda en el pelo y en la ropa y termina metido en la funda de la almohada, de modo que uno huele a fritura incluso mientras duerme, lo cual tiene algo de metáfora barata, pero era literalmente cierto.
Fue en ese tiempo cuando descubrí lo que ha sido mi mantra todos estos años: el trabajo del inmigrante es trabajar, ahorrar y construir, punto, sin excusas, sin autocompasión y con la frente en alto. No es una frase bonita ni creo que sea buena idea estamparla en una taza, pero significa algo muy preciso, y es que mientras estuviera trabajando no estaba perdiendo, aunque lo pareciera desde fuera y aunque algunos días lo pareciera también desde dentro. Aquellas bandejas nunca fueron un retroceso; fueron las bases sobre las que se sustenta todo lo que ha venido después, que no es poca cosa.
Trabajar duro no basta para salir adelante en España
Aquí llega la parte que de verdad quiero que se lea, porque es la que más se malinterpreta y la que más cara le sale a la gente.
Conozco a muchísimas personas que trabajan tanto o más que yo, gente que hace turnos dobles, que no descansa, que se rompe la espalda con una entrega admirable, y que diez años después sigue exactamente en el mismo sitio donde empezaron. El esfuerzo, por sí solo, no cambia un destino: lo que cambia un destino es el esfuerzo dirigido, el esfuerzo que se hace preguntas, el que se detiene un momento a estudiar las reglas del juego antes de seguir corriendo. Porque lo que uno trae en la maleta no vale aquí, y no porque no valga —vale, y muchísimo— sino porque este sistema no sabe leerlo, tu experiencia no está escrita en su idioma, y nadie va a traducirla por ti.
No se trata solo de trabajar: hay que tener un plan, ahorrar, restringirse cosas, hay que hacer sacrificios concretos en favor de algo más grande que todavía no existe. Y eso, que se dice en una línea, es lo más difícil de todo, porque significa aguantar años mirando cómo a otros les va aparentemente mejor.
Durante mis primeros años en Madrid, mientras varios amigos que habían llegado por las mismas fechas ya se habían comprado coche, se habían mudado a un piso más grande, salían a comer y a beber casi todos los días y viajaban por Europa dándose una vida de ricos y famosos, yo hice exactamente lo contrario: ahorré hasta el último euro, me quedé en el mismo piso porque el alquiler era más bajo, dejé de salir, y todo ese dinero que no gasté lo convertí en formación. Con él me pagué una carrera universitaria completa. Estudié Derecho desde cero, desde el primer semestre, algo nada fácil cuando tienes que estudiar y trabajar.
De camarero a abogado de extranjería: por qué estudié Derecho en España
No fue una vocación romántica, fue una lectura del terreno. Mi emprendimiento como asesor migratorio estaba creciendo, tenía cada vez más personas confiándome sus casos, y llegué a un punto en el que vi con total claridad que había un techo, que sin el título no podía dar el paso siguiente ni asumir la responsabilidad real de un expediente. Mi futuro estaba en el campo jurídico y la única manera de llegar hasta allí era estudiando la carrera entera.
El día que me colegié no hubo lágrimas ni fotos épicas. Estaba en pleno postoperatorio, después de que me extirparan medio riñón por un tumor, María José estaba embarazada de Isabel y teníamos encima la urgencia de encontrar dónde mudarnos, así que no había ni tiempo ni energía para celebrar nada, que es lo que ocurre cuando uno se gradúa a esta edad y no a los veintitrés con los padres pagando la fiesta.
Sin embargo, aquello lo cambió todo. De un día para otro dejé de ser «asesor migratorio» para ser «abogado de extranjería», y entre una cosa y la otra hay una diferencia que va del cielo a la tierra: cambió la forma en que actuaba, la forma en que veía los casos y, sobre todo, la forma en que me veían a mí, en los despachos, en las administraciones y en los ojos de la gente que entraba por la puerta.
Montar un despacho de abogados de extranjería siendo inmigrante
Cuando decidí montar mi propio despacho, las voces del «no se puede», una vez más fueron ensordecedoras, y venían, como casi siempre, de gente que no lo había intentado nunca: que me iba a arrepentir, que Hacienda me iba a devorar, que en España el que emprende termina peor de lo que empezó, que quién me creía yo. El «no se puede» es un deporte nacional que se practica con enorme entusiasmo desde la barra, y he descubierto que no se cura discutiendo, porque discutir con el derrotismo es alimentarlo; se cura trabajando delante de ellos hasta que se les acaben los argumentos. A esos mismos derrotistas los sigo viendo por ahí después de todos estos años, con la misma cantaleta, en el mismo sitio y sin haberse movido un milímetro.
Yo, mientras tanto, dirijo un despacho de abogados de extranjería, y uso esa palabra con precisión y no por vanidad, porque entre rellenar un formulario y asumir la responsabilidad jurídica y deontológica de un expediente del que depende si una familia se queda o se va, hay un abismo. Lo que no esperaba de este trabajo, y es lo que más me desarma, es la cantidad de veces que me veo a mí mismo sentado en la silla de enfrente: llegan cansados, llegan con la carpeta de plástico llena de papeles en desorden, llegan pidiendo perdón por cosas por las que no hay que pedir perdón, y a veces, mientras me cuentan que llevan meses durmiendo en casa de un primo, tengo que hacer un esfuerzo consciente para no interrumpirles y decirles que yo también lo hice, pero que al final, el éxito es posible lograrlo.
Y por el camino resultó que aquella carrera de locutor que yo daba por perdida en Venezuela junto con todo lo demás no se había perdido en absoluto, sino que era exactamente la herramienta que le faltaba al Derecho para servirle a alguien, porque en la descripción del cargo de un abogado de extranjería debe estar la de “traductor”, porque nos toca traducir las leyes de forma que los clientes las entiendan, aunque sean clientes de habla hispana. Las cifras de las redes —más de ciento treinta mil personas en Instagram, más de cien mil en TikTok, decenas de miles en YouTube— a mí no me dicen nada por sí solas; lo que me dice algo son los mensajes que llegan a las tres de la mañana, escritos por gente que no sabe qué hacer a una hora en la que ya no queda nadie a quien preguntarle. Yo estuve despierto a esa hora muchas veces, y por eso contesto.
Criar a una hija española en una casa de inmigrantes
Mi hija Isabel nació aquí, es española, y va a crecer en un país que su padre eligió con toda la intención del mundo y al que le debe mucho de lo que tiene.
Pero Isabel también es hija de inmigrantes, y eso no se lo quita nadie ni hace falta quitárselo. Va a crecer en una casa que está en un sitio que sus padres aman, y sin embargo esa casa va a sonar distinto a la de sus amigos: van a usarse palabras que en el colegio no usa nadie, va a haber un acento que no es el de aquí, va a haber comidas, música, expresiones y silencios que vienen de otro sitio, y sus padres siempre van a tener algo diferente respecto a los padres de sus compañeros que sí son cien por cien españoles. No es una carencia y no lo escribo con tristeza ni lástima, porque yo mismo crecí en Venezuela dentro de una familia de inmigrantes, entre el sabor de una tortilla de patatas y el calor de una arepa, y esa doble pertenencia no me partió por la mitad, sino que me dio un corazón más amplio y la capacidad de amar dos países a la vez, que es exactamente lo que espero para ella.
Lo único que deseo es que lo viva igual, que entienda que tener dos orillas no es estar dividido sino tener más costa, y que el día que alguien intente usar eso para hacerla sentir menos de aquí, tenga clarísimo que su padre y su madre llegaron a este país sin nada y lo levantaron todo dentro de sus leyes, con sus reglas y a pulso limpio, y que si algo se ha ganado esta familia es el derecho a estar exactamente dónde está.
Consejos para quien acaba de llegar o está pensando en emigrar a España
No te voy a vender que basta con esforzarse, porque me dedico a esto y veo cada semana a personas que lo hacen todo bien y aun así se topan con un plazo, con un requisito o con una resolución que no atiende a razones. La fuerza sin estrategia no suele valer de nada, y cualquiera que te diga que la voluntad lo vence todo te está vendiendo algo.
Lo que sí te digo, con la autoridad que dan diez años y unas cuantas canas y arrugas más, es que la inmensa mayoría de la gente que se queda atrás no se queda por falta de talento, sino por tres cosas perfectamente evitables: por trabajar mucho sin estrategia, por dejar de formarse justo en el momento en que empezaba a costarle, y por rodearse de gente que le repite todos los días que esto no funciona.
Fórmate, aunque tengas cuarenta o cincuenta años y aunque te parezca ridículo estar estudiando de madrugada después de un turno de doce horas, porque el conocimiento y los títulos españoles son lo primero que este sistema reconoce sin discutir. Actúa con inteligencia y no solo con ganas: entiende las reglas antes de jugar, aprende a usar las de aquí, que son las que aquí valen, y busca a quien te las explique bien. Ahorra, aunque duela ver a otros gastando. Insiste, porque casi todo lo que conseguí llegó justo en el intento en el que ya estaba pensando en rendirme. Y protege tu cabeza del negativismo con la misma seriedad con la que protegerías tu salud, porque el pesimismo ajeno es contagioso, es cómodo y es la trampa más barata que existe.
España es un país extraordinario para quien llega dispuesto a trabajar, a formarse y a respetar sus leyes, y lo afirmo sin ninguna ingenuidad, sabiendo perfectamente lo difícil que es el camino, porque lo recorrí entero: llegué sin nada, serví mesas, estudié de madrugada, monté un despacho, formé una familia y compré una casa, y nada de eso me lo regaló nadie, pero tampoco me lo impidió nadie.
Hoy es 19 de julio de 2026 y se cumplen diez años exactos desde aquel avión. Esta mañana me desperté en mi casa, con Marijo al lado y con Isabel, que va camino de los tres años, armando escándalo desde su cuarto por algo absolutamente irrelevante, y me quedé un rato ahí quieto pensando en aquel tipo de poco más de cuarenta años que aterrizó aquí en 2016, en plena ola de calor, con Madrid a 42°C, sin tener ni idea de lo que venía, y que si alguien le hubiera contado esta escena no se la habría creído ni por un segundo.
No se la habría creído, sobre todo, porque lo último que se me pasó por la cabeza en toda mi vida es que yo iba a terminar siendo abogado. Pero la vida del inmigrante también consiste en eso: en ser capaz de reinventarte, en darte cuenta de que el camino te está llevando a un sitio distinto del que habías planificado y, en lugar de resistirte, entender que ese camino puede ser muchísimo mejor que el que tenías pensado.
Diez años. Valió cada hora. Vamos a por cien más.
Enrique Vásquez es abogado, colegiado en el Ilustre Colegio de Abogados de Madrid, y director de YoEmigro Abogados. Llegó a España el 19 de julio de 2016.
Recuerda, mi nombre es Enrique Vásquez y soy abogado de extranjería estudiado y colegiado en España, para información migratoria escríbenos a www.yoemigro.com/contactanos.
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