Este es, sin duda, el mayor shock de los venezolanos cuando se vienen a Panamá - Enrique Vásquez

Este es, sin duda, el mayor shock de los venezolanos cuando se vienen a Panamá

Hoy fui a hacer mercado con mi esposa. Bueno, no tanto como «hacer mercado». Fuimos al supermercado Rey de Vía España a comprar unas «cositas que nos hacían falta» como leche descremada, huevos, queso paisa bajo en sal (sí, marca Paisa, pero hecho en EE.UU.), pechuga de pavo, detergente para lavar la ropa, champú y enjuague para el cabello, entre otros productos que uno tiene que comprar regularmente porque se acaban prácticamente sin que te des cuenta.

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Estando justamente en la parte de los quesos (tú sabes, donde agarras un número y esperas unos cinco o máximo diez minutos que te atiendan), faltaban dos personas para que llegara mi turno y noté a un señor, alto él, viendo las neveras como perdido; con los ojos cansados, cara tensa, respiración agitada y una leve gota de sudor que le corría por la sien (a pesar del excelente aire acondicionado que tiene el supermercado).

Se dio cuenta que lo estaba viendo y me preguntó, como con miedo, y en un perfecto acento venezolano: «¿cuál de estos jamones tiene menos grasa?, porque hay demasiadas marcas y ando perdido». Le comenté cuál iba a comprar y luego me pidió alguna referencia sobre los quesos. Una vez más, le indiqué cuál era el que yo compraba y, como si se le hubiera quitado un gran peso de encima, me agradeció y caminó hacia donde una señora y dos adolescentes que, supongo, eran su esposa y sus hijas.

Al ver a la señora, me di cuenta que es la misma con quien me crucé en varias oportunidades durante el tradicional recorrido por los pasillos que uno hace en el supermercado, y que me llamó la atención por dos cosas: La primera de ellas, que cargaba un bolso que decía en letras gigantes la palabra “Venezuela” y, la segunda, que un par de veces la escuché decirle a las jóvenes que la acompañaban (una de esas en la parte de los tintes de cabello): «es que no sé cuál elegir, hay demasiadas marcas».

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Luego de llegar a casa, y recordando el episodio con los compatriotas, caí en cuenta de que eso ya nos había ocurrido a nosotros cuando estábamos recién llegados a Panamá y que, de hecho, en algún artículo anterior hice mención de dicha situación. Sin embargo, ahora, ya más adaptados y con el cerebro “reacostumbrado”; creo que ha llegado el momento de advertir, con la seriedad que el caso merece, sobre dicho fenómeno a aquellos venezolanos que están a punto de venirse al istmo o que llegaron recientemente.

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Es posible que las personas que nunca han vivido en Venezuela no entiendan lo que estoy a punto de explicar, pero les recomiendo que sigan leyendo y vean casi al final del texto un video que grabé a finales de junio de este año, en el que se evidencia el terrible nivel de escasez que existe en la patria de Bolívar y Chávez.

En Venezuela, desde hace ya unos cuantos años, nos hemos acostumbrado a comprar «lo que hay». Uno no va al mercado a comprar, por ejemplo, «detergente Ariel blancos perfectos con olor a camomila silvestre cosechada en lo alto de los Alpes suizos». Simplemente se comienza a rastrear abasto por abasto, supermercado por supermercado, chino por chino, buhonero por buhonero hasta que, en la mayoría de los casos luego de hacer una fila de varias horas, compras cualquier cosa que te sirva para lavar la ropa; desde detergente de alguna marca que jamás has visto y que no volverás a ver en tu vida, hasta jabón panela para rallarlo y usarlo para lo antes mencionado.

Algo parecido sucede con los automóviles. Compras el que hay, del color que haya. Pero ¡ojo! No es como en el resto del planeta, donde lo normal que uno vaya al concesionario, mire el carro, meta los papeles en el banco, de la inicial y listo, te dan tus cuatro ruedas y sales feliz pagando una mensualidad. ¡Noooo señor! En Venezuela eso es maneja algo distinto, la más común es que seas amigo del amigo de un conocido del tío del primo del abuelo de la ahijada del obrero que trabaja en la ensambladora, quien te venderá su “cupo”, o sea, explico, allá cada obrero de las ensambladoras de vehículos tiene derecho a adquirir un carro al año a precio de costo, pero con la terrible escasez ellos simplemente venden ese carro a terceros, con un pequeño sobreprecio de aproximadamente 3 o 4 veces el valor de lista del vehículo. Me explico, si el precio referencial del carro es de Bs. 400.000, tienes que pagarle al obrero por su “cupo”, Bs. 1.200.000 más los Bs. 400.000 que cuesta el mismo, o sea, te sale en Bs. 1.600.000 ($254.000 a tasa oficial, $134.000 a tasa “viajero”, $32.000 a tasa Sicad II o $16.000 a cambio paralelo o negro; ya que en Venezuela hay cuatro tipos de cambio).

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Si por el contrario no lo conoces, lo que te toca es ponerte en las listas de los concesionarios y, en una especie de subasta de posiciones, pagar mucho, pero mucho dinero al vendedor y al gerente del mismo para que te “suban” en la lista, ya que si no pagas la coima, olvídate que algún día tendrás carro.

Y, volviendo al tema de los productos de consumo masivo como, aceite, arroz, papel sanitario, margarina, detergente, suavizante, champú, jabón, desodorante, y muchos otros, compras es el que hay, cuando lo hay, así de simple.

Esa situación ha hecho que el cerebro del venezolano haya perdido la capacidad de elegir, de sopesar opciones, sin darse cuenta, cada vez se vuelve más autómata, simplemente agarra lo que consigue y ya, no desea, no aspira, no sueña por algo mejor, y eso se ve claramente reflejado en los resultados electorales, donde los chavistas siempre votarán por el gobierno aunque no sirva, y los opositores siempre votarán por la oposición aunque no sirva, porque ya su mente no sabe discernir entre diferentes opciones para escoger la mejor. Lo más terrible es que no uno se da cuenta de ello, porque cree que está eligiendo cuando no es así, simplemente está agarrando “lo que hay”, aunque no sirva.

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Así que cuando vayan por primera vez a un supermercado, especialmente si nunca han salido del país, háganlo con cuidado porque va a ser un shock duro, probablemente salgan de ahí con dolor de cabeza de la tensión que les producirá el ver tantas variedades de un mismo tipo de producto, pero no se preocupen, que el cerebro es tan maravilloso que antes que se den cuenta ya será un placer poder elegir el producto o servicio que más te conviene.

Importante: en octubre de 2015 mi esposa y yo nos fuimos de Panamá, ahora vivimos en Madrid, y, en este artículo explico las razones por las que – en este momento – no emigraría a Panamá, te invito a leerlo antes de tomar una decisión.

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Enrique Vásquez

 

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