Los sabores de Panamá y los sabores de mi tierra

Cada pueblo del mundo tiene sus tradiciones, y probablemente pocas referencias hablen mejor de una cultura que su gastronomía. De acuerdo a mis pocos conocimientos en el arte de la cocina, puedo intuir que esos «gustos» y maneras de preparar y presentar los alimentos vienen dados por una mezcla de factores entre los que, supongo, se encuentran la disponibilidad de materia prima en la zona y la influencia de culturas extranjeras que se asentaron en la localidad.

 

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Por ejemplo, en Venezuela, el estilo de la alimentación tiene muchísimas afinidades con la cultura mediterránea, sin dejar a un lado las tradiciones de los indígenas originarios de esa tierra. De ahí nacieron platos como la hallaca o las empanadas de maíz fritas (tipo medialuna) rellenas de carne mechada o pollo guisado, entre otras cosas.

Es obvio que para todo ser humano «los sabores de su tierra» son aquellos a los que está acostumbrado, porque fueron los que conoció durante su infancia y, más allá de los diferentes platos que pruebe a lo largo de su vida, siempre querrá volver a sus orígenes y sentir aquel aroma o ese sabor que le recuerde cuando estaba en casa de su abuela, en el cafetín del colegio o simplemente el de aquel lugar al que su papá lo llevaba a desayunar los domingos en la mañana.

Por ejemplo, en mi caso, cuando voy a mi ciudad en Venezuela, debo, necesariamente, pasar comiéndome unas empanadas donde una señora que conozco que las hace espectaculares, o comerme una cachapa con queso telita e incluso ir a la “Panadería de Santa Eulalia” a desayunar un pastelito de carne mechada. También es obligatorio tomarme una Frescolita entre muchas otras cosas que, si bien puedo conseguirlas en Panamá, la verdad es que no me saben igual.

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Y cuando digo que no saben igual es exactamente eso, el sabor es muy parecido, la textura también, pero simplemente no es lo mismo y la razón de eso es que en cada lugar los ingredientes tienen composición química ligeramente distinta, bien sea por la tierra, la altura, humedad, gravedad, tipo de alimentos o fertilizantes, e incluso por el agua o hasta el aire. Por ejemplo, las piñas panameñas y las piñas venezolanas son totalmente distintas, mientras que la panameña es grande y extremadamente dulce (y espectacularmente divina), la venezolana es más ácida y pequeña, lo mismo ocurre con el resto de las cosas, cebollas, pimentones, ajos, carne, pescados, pollos, en cada país y hasta en cada zona saben diferente, muchas veces la diferencia es casi imperceptible, en otras ocasiones es muy marcada, pero sencillamente, son distintos.

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Y lo anterior es sólo cuando quieres comer o tomar algo de tu tierra en otro país pero, por ejemplo, en el caso de los alimentos tradicionales de ese lugar al que vas, algunos de ellos te gustarán, otros no. En cualquier caso, bajo ningún concepto puedes menospreciarlos, decir que no sirven o que eso es “una porquería”, porque te aseguro que hay muchísima gente que podría opinar lo mismo de tus tradiciones y ¿eso te gustaría?, exactamente, claro que no, entonces es menester respetar la cultura y gustos ajenos.

Por ejemplo, de Panamá, amo la hojalda, los chorizos guisados, el bistek picado, el seco herrerano, la cerveza Panamá o la cerveza Balboa, sólo por nombrar algunos ejemplos, pero por el otro lado, no me gusta el ron Abuelo ni la carimañola pero eso no significa que sean malos, simplemente es que A MI no me gustan.

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Intentaré explicarlo de otra manera. Mi familia es española. Obviamente la paella es un plato que siempre se preparó en mi casa desde que yo era niño, pero a mí nunca me ha gustado la paella ¿por eso debo decir que la paella es un asco, es una porquería o es la peor comida del mundo? No, porque hay millones de personas en el mundo (entre ellas mi esposa que es bien venezolana, criollita, y le encantan) que aman una paella. Simplemente porque no sea de mi agrado no significa que sea mala.

Así que, mis estimados inmigrantes, aprendamos a respetar las costumbres, sabores y tradiciones de la tierra que nos recibe, entendamos que las cosas son diferentes, busquemos acostumbrarnos y aceptar que eso forma parte del proceso migratorio, que habrá productos que siempre dimos por hecho que estarían ahí y que ya no estarán más, así como que tendremos a nuestra disposición nuevas opciones hasta ahora desconocidas y que algunas serán de nuestro agrado y otras no, busquemos alternativas, adaptémonos o cambiemos nuestras rutinas, porque al final del día, emigrar significa un cambio completo y radical de todo lo que conocíamos, no luchemos contra lo nuevo, aceptémoslo y usémoslo para ser felices porque, al final, no es la felicidad lo que buscamos al emigrar?

Importante: en octubre de 2015 mi esposa y yo nos fuimos de Panamá, ahora vivimos en Madrid, y, en este artículo explico las razones por las que – en este momento – no emigraría a Panamá, te invito a leerlo antes de tomar una decisión.

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Enrique Vásquez