En 2014, cuando pensaba en emigrar por primera vez y estaba eligiendo hacia dónde, un montón de gente me dio el mismo consejo con una seguridad absoluta: vete a Estados Unidos y pide asilo. Y no me hablaban de un asilo real, de una persecución verdadera. Me hablaban de fabricar un caso. Métete en un partido de oposición, decían. Búscate una foto protestando, sal en algún titular, arma un expediente que se vea convincente, y con eso tienes el asilo asegurado en Estados Unidos. Así, con esa frialdad, como quien te explica un truco para saltarse una cola.

Y yo, que estaba genuinamente deseoso de irme porque había caído en cuenta que la situación venezolana no haría más que empeorar y que todo sería cada vez más difícil, viendo cómo se derrumbaba todo a mi alrededor, escuché esos consejos sabiendo en el fondo que algo no encajaba. Que había algo profundamente torcido en convertir el drama real de un país en un guion para conseguir papeles. Pero muchos lo hicieron. Se fueron convencidos de que habían encontrado el atajo, la jugada maestra, el camino garantizado hacia el sueño americano.
Por mi parte, primero elegí Panamá, pensando que sería un «mini-EEUU» pero en el que sí podría tener papeles, porque los tuve, ya que gracias a mi nacionalidad española logré obtener residencia permanente en ese país, sin embargó, Panamá no resultó ser lo que pensaba, por lo que antes de dos años ya estaba de vuelta en Venezuela tras haber perdido todos los ahorros y tener que regresar con «las tablas en la cabeza».
Más de una década después, la vida se encargó de escribir el final de esa historia, y no fue el final que ellos imaginaban. Varias de esas mismas personas que me vendieron aquel plan infalible o ya se regresaron a Venezuela o están a punto de hacerlo. Algunos se fueron por voluntad propia, adelantándose a lo inevitable. Otros no tuvieron ni esa opción: pasaron meses encerrados en un centro de detención antes de ser deportados como delincuentes, ellos, que se habían ido buscando el sueño. Y ninguno volvió por nostalgia, ni por amor a la patria, ni porque Venezuela se haya arreglado. Volvieron huyendo del ICE, con el miedo metido en los huesos, después de años montando un espectáculo de vida perfecta. Los mismos que publicaban sus mega casas, sus carros del año, sus viajes, sus lujos, casi burlándose de los que no habíamos elegido su camino, resulta que vivían todo ese tiempo sentados sobre una bomba de tiempo, esperando un asilo que nunca iba a llegar. Detrás del brillo de Instagram había un expediente frágil y una angustia que jamás mostraron. Ese asilo «asegurado», esa jugada maestra, esa certeza con la que me miraban por encima del hombro, se deshizo en el aire como si nunca hubiera existido. Y terminaron, con las manos vacías y el orgullo roto, exactamente en el lugar del que tanto presumían haber escapado.
Y hay algo que se me clava especialmente, porque lo recuerdo con nitidez. Muchos de ellos me miraban por encima del hombro y hasta se burlaban cuando yo mencionaba España. Me lo decían con una sonrisa de lástima, casi con pena por mi ingenuidad: «irte a España es irte a pasar hambre», «allá nunca vas a tener lo que tenemos nosotros aquí en Estados Unidos», «España es para los que no se atrevieron a más», «España es para los vagos, EEUU para los valientes». Me hablaban desde un pedestal, desde la certeza del que cree que eligió el camino ganador y observa a los demás como quien mira a los que se conformaron con menos.
Y hoy, con todo lo que ha pasado, mirando dónde terminó cada quien, creo que en cierto modo tenían razón, aunque no en el sentido que ellos creían. Es cierto que en España yo nunca tuve lo que ellos tenían en Estados Unidos. Nunca tuve esa angustia permanente de un estatus que pende de un hilo. Nunca tuve el miedo de que tocaran la puerta y me sacaran esposado delante de mis hijos. Nunca tuve que construir toda una vida sabiendo que en cualquier momento podían borrarla de un plumazo. Nunca tuve que fabricar una mentira para tener derecho a existir en un lugar. Eso sí, tenían toda la razón: yo nunca tuve lo que ellos tenían.
Lo que tuve fue otra cosa. Tuve papeles de verdad, tranquilidad de verdad, un futuro que no dependía del capricho de una política migratoria ni del resultado de una elección ajena. Tuve la posibilidad de echar raíces sin miedo, de dormir sin sobresaltos, de construir sabiendo que lo que construía era mío y nadie me lo iba a quitar. Y descubrí que eso, que entonces me vendían como «conformarse con menos», en realidad era el verdadero premio.
La vida tiene estas ironías que no perdonan. Los que me miraban con superioridad hoy están de vuelta en el punto de partida, y los que supuestamente elegimos el camino de los que se rinden estamos exactamente donde quisimos estar. Pero no escribo esto con revancha ni con una pizca de alegría, y quiero dejarlo muy claro. No me burlo de nadie, porque la vida da demasiadas vueltas y ninguno de nosotros sabe qué le espera mañana, ni dónde va a terminar, ni cómo se van a dar las cosas de aquí a diez años. Hoy estoy yo tranquilo y quizás mañana sea al revés, nadie tiene la última palabra sobre su propio destino. Por eso, a todos los que hoy están en Estados Unidos viviendo con esa angustia, y a todos los que han tenido que regresarse cargando esa herida, de corazón les deseo que ese estrés y ese miedo se terminen pronto. Les deseo que encuentren calma, que puedan estar tranquilos y felices en el lugar que elijan para vivir, y que consigan por fin esa paz tan anhelada, sea en Estados Unidos, sea en Venezuela, sea en cualquier otro rincón del mundo al que decidan ir.
Lo escribo solo como recordatorio, para mí y para cualquiera que esté eligiendo hoy: desconfía de los atajos, desconfía de los que te miran por encima del hombro, y no midas el éxito de una migración por el brillo del destino, sino por la paz con la que vas a poder vivir en él. Porque al final, no gana el que llega más alto. Gana el que llega a un lugar del que nadie lo puede sacar, y logra, esté donde esté, dormir en paz.
Recuerda, mi nombre es Enrique Vásquez y soy abogado de extranjería estudiado y colegiado en España, para información migratoria escríbenos a www.yoemigro.com/contactanos.
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