Así vi a Venezuela en febrero 2015 (no leer si eres ultranacionalista)

Así vi a Venezuela en febrero de 2015 (no leer si eres ultranacionalista)

Comienzo a escribir este artículo mientras voy en un vuelo de Avior, que por cierto, la calidad del servicio en este vuelo en específico fue terrible, desde Barcelona (Venezuela) hacia Ciudad de Panamá; tratando de hacerlo aún con los recuerdos frescos de lo que fue pasar unos días en Venezuela (dos semanas entre enero-febrero y luego una semana entre febrero-marzo).

Como nota curiosa, en el mismo avión vi montarse a su majestad «Er Conde der Guácharo», conocido en los bajos fondos como Benjamín Rausseo, jejejeje… ¿Será que tiene un show en Panamá? Quizás. Creo que le preguntaré más adelante si coincidimos en Tocumen.

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Ahora bien, antes de entrar en materia debo advertir: Si eres nacionalista extremo, quieres matar a todo el que tenga la osadía de tan solo sospechar que Venezuela no es «el mejor país el mundo», si tu primera reacción es ofender y ofrecerle unos tiros a cualquier persona que considere que la vaina está jodida por allá; por favor no sigas leyendo este post, porque no te va a gustar lo que sigue. Así que ahórrate la rabieta y, por supuesto, el respectivo insulto que querrás dejar en los comentarios.

Personalmente opino que un país «es lo que es» gracias a su gente; porque la naturaleza y las bellezas geográficas son circunstanciales. Dicho de otro modo, no importa que tan bonitas playas, cerros, montañas, cascadas o selvas tenga un territorio, eso será simplemente un pedazo de tierra mientras no haya ciudadanos que lo conviertan en un país.

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Si las sociedades, con sus altas y bajas, son las que definen a los países; y las millones de interacciones humanas, institucionales, sociales, políticas y económicas que se dan día a día, a lo largo y ancho de su territorio; son una extensión de sus ciudadanos, solo hay una palabra con la que se puede resumir lo que está pasando en Venezuela: Caos.

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Todo allá es una locura. A los ojos de un observador desprevenido las cosas están lejos de tener sentido. Por un lado ves a cientos de personas haciendo una fila por horas (o hasta días) para comprar pollo, leche, detergente para la ropa, jabón de baño, papel sanitario, aceite vegetal, carne, baterías para el carro, televisores, aires acondicionados, licuadoras, etc… Mientras que por el otro, los restaurantes de lujo (sitios donde una comida para dos personas, con botella de vino incluida, puede costar lo mismo que un salario mínimo) están llenos de clientes; y las ventas de licores en situación similar, con clientes comprando cervezas por cajas, rones premium y whisky 8, 12 y 18 años, como si el mundo se fuera a acabar, solo por poner un ejemplo. Aunque debo confesar que los sabores de la patria son maravillosos, al menos los de la comida criolla y llanera, porque McDonald’s o Papa John’s, sinceramente, dan asco, es terrible la calidad de los productos allá.

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Acudir a las redes sociales, para entender la dinámica social a partir de la opinión pública, tampoco es una opción. En Twitter sigo a 166 mil personas y la gran mayoría son venezolanos. Una vez más: Por un lado están los que critican la actuación del gobierno, reseñan las protestas de los estudiantes, oran por el rescate de Venezuela, hacen llamados a la comunidad internacional para que vele por los Derechos Humanos, piden ayuda para medicamentos, tratan de aportar ideas para recuperar el cauce democrático, denuncian la corrupción, condenan la violencia y claman justicia. Por el otro, sobran las orgullosas fotos de parrilladas familiares a todo dar, bacanales en piscinas y yates, viajes al extranjero, artículos de tecnología de alto valor y atractivas selfies post bisturí estético.

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La infraestructura de prácticamente todo está en estado de abandono o, como dirían en mi pueblo, «por el piso». Basta caminar por cualquier calle (e incluso por los pasillos de los centros comerciales), para constatar que paredes, jardineras, puertas, vidrieras, postes de luz, paradas de transporte público, semáforos, aceras, escaleras, paredes, techos, baños, mesas, sillas, sombrillas, toldos… ¡todo! está tan sucio, falto de mantenimiento, desteñido, decolorado, roto, manchado o vandalizado, que a veces sientes que estás en un episodio de la serie aquella que transmitía History Channel ¿o era Discovery?, llamada «La Tierra sin Humanos».

Mención aparte merece el aeropuerto de Barcelona, estado Anzoátegui. Pocos meses después que Aristóbulo Istúriz ganó la gobernación, se inició la remodelación y la verdad estaba quedando bien bonito, o al menos todo se veía «con buena pinta». Sin embargo, a finales del año pasado se detuvo la obra. Hoy pregunté y resulta que (de acuerdo a lo que me indicó un funcionario con el que estuve conversando) «cambiaron al General encargado de esto y hay que esperar que él ordene el reinicio de los trabajos. Mientras tanto nosotros estamos aquí incómodos y pasando calor, pero seguro que él sí tiene aire acondicionado en su oficina». Sin comentarios.

Paréntesis: Mientras escribía el párrafo anterior, la aeromoza (que debo confesar daba un poco de miedo, parecía una institutriz malvada como las que salen en las películas de terror) nos trajo el chocolatico que aparece en la siguiente foto ¡Y estaba espectacular!

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Así que, al menos hasta la primera semana de marzo, en el Aeropuerto Internacional «José Antonio Anzoátegui», que sirve a la ciudad de Barcelona, la situación es más o menos la siguiente: La mayoría de las paredes sencillamente no existen (fueron colocadas unas láminas de aluminio temporalmente, mientras se realizaba la ampliación) y, en consecuencia, tampoco hay aire acondicionado. Adentro se respira una especie de vapor viciado, mezclado con «el tierrero» que suele acompañar a nuestro árido clima.

En la sala de embarque abundan las palomas que vuelan libres después de ingresar al recinto por el espacio entre paredes y techo, por lo que siempre es conveniente tratar de sentarse lo más lejos posible del lugar del techo donde se aglomeran (a menos que anden buscando un presagio de buena suerte y no les importe mancharse la camisa con sus «gracias»). Y se ven cosas como las de la imagen que está a continuación. Me llamó la atención que, siendo un terminal aéreo tan comprometido visualmente con la causa revolucionaria y socialista, las tiendas ubicadas en la parte de adentro no sean fiscalizadas y obligadas a vender sus productos a precios justos. Mi esposa tuvo la intención de comprar una caja de Pirulin igual a una que traía en la maleta y que le había costado 720 bolívares, pero en el local costaba Bs. 1.920… ¿Guerra económica?

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Con respecto a la inflación… bueno, allí si es verdad que provoca buscar la cámara escondida del Loco Video Loco, porque la situación genera un shock estremecedor e incoherente. No entiendo como sobrevive la gente que gana en bolívares. Nosotros emigramos a Panamá en julio de 2014 y, cuando volvimos en octubre, todo costaba el doble. Luego regresé por unos 15 días en enero de 2015 y los precios se habían duplicado. Volví a Panamá por 20 días y ahora que pasé una semana más en Venezuela… ¡Todo estaba como un 30% más caro que en enero! Es una locura, de verdad.

No soy encuestador ni nada de eso pero, por los comentarios que escuché en la calle, creo que la inflación superó a la inseguridad como primer problema de los venezolanos, y con toda la razón. Tuve oportunidad de reunirme con muchos amigos y conocidos y con tristeza pude ver que, en líneas generales, la gente está obstinada, de mal humor. Es algo que se percibe en la calle, la mayoría de la gente se deja ver agresiva, malencarada, como si estuvieran a punto de explotar.

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Sinceramente siento dolor, pero no tanto por lo que es Venezuela ahorita, sino más bien por todo lo que pudo ser y difícilmente será. Siento tristeza por todos esos niños y jóvenes que están creciendo en un ambiente tan negativo, cargado de odios, carencias y antivalores, que creen que eso es lo normal y que el mundo funciona así.

¿Saben lo peor? No veo una salida a corto ni a largo plazo en Venezuela. Es mi opinión personal y si alguien más optimista piensa distinto lo respeto, pero ya que prefiero decir las cosas como las veo, no me parece posible un cambio en el corto o mediano plazo, por muchas circunstancias que no es el momento de enumerar. Perdonen si sueno fatalista, pero así lo veo.

Ya falta poco para que termine el vuelo. Llegaremos a Tocumen, luego a casa y después a seguir trabajando duro para poder sobrevivir… Porque la verdad es que ese comentario cliché de que la gente se va al extranjero «a darse la gran vida», solo puede salir de la boca de alguien que no tiene la más mínima idea de lo que significa ser inmigrante. Las horas libres, los días de playita, shopping y flojera infinita frente al televisor no están en nuestra agenda; pero la verdad es que trabajamos sin descanso porque tenemos la certeza de que la dedicación, responsabilidad, proactividad y compromiso darán sus frutos tarde o temprano; y mientras respetemos las leyes del país que nos acoge y seamos agradecidos por la oportunidad de comenzar de nuevo, veremos retribuido nuestro esfuerzo en calidad de vida y, sobre todo, paz y bienestar.

P.D. No logré ubicar al señor Rausseo, así que ni idea de si se va a presentar acá en Panamá, lástima porque me hubiese gustado hacer el esfuerzo de ir a reírnos un rato (en caso de que las entradas no fuesen demasiado caras para nuestro ajustado presupuesto).

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Enrique Vásquez

 

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