¿Quién quiere realmente elecciones en Venezuela?

La pregunta parece sencilla, pero la respuesta honesta incomoda, porque no todos quieren lo mismo aunque usen las mismas palabras. Cuando alguien reclama elecciones en Venezuela, conviene preguntarse qué espera conseguir con ellas: una vida mejor, garantías para decidir su futuro o, simplemente, una oportunidad para ocupar el poder.

Ilustración de una urna electoral frente a una calle venezolana con peatones y una bandera de Venezuela

En ese matiz está buena parte del problema. Podemos coincidir en una consigna y estar imaginando destinos completamente distintos. Por eso vale la pena detenerse antes de repetir consignas.

El ciudadano quiere una vida digna

El venezolano de a pie, el que vive allá, en muchos casos no está soñando con elecciones. Está sobreviviendo. Quiere luz, agua, un salario que alcance, medicinas, seguridad y la posibilidad de que sus hijos tengan futuro sin tener que emigrar.

Las elecciones para él no son un fin en sí mismo. Son un medio del que puede desconfiar profundamente después de tantas expectativas frustradas. Lo que esa persona quiere no es una papeleta: es que su vida deje de ser una carrera diaria contra los obstáculos.

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Quiere poder hacer planes. Saber que el dinero de una semana no desaparecerá resolviendo una emergencia. Que una enfermedad no obligará a toda la familia a buscar ayuda fuera. Que trabajar servirá para avanzar y no únicamente para resistir.

Eso no significa que la libertad de elegir no importe. Significa que necesita traducirse en algo reconocible cuando termina la campaña y se apagan los micrófonos. La democracia debería sentirse también un lunes cualquiera, en la escuela, en el hospital y en la posibilidad de reclamar sin miedo.

Los que emigramos queremos un país al que volver sin miedo

Y los venezolanos que estamos en el extranjero, especialmente quienes ya no tenemos planes de volver a vivir allá, tampoco soñamos exactamente con elecciones. Soñamos con un país que funcione.

Un país seguro, donde nuestros familiares puedan vivir bien, con una pensión digna para nuestros viejos, buenos servicios públicos, sueldos suficientes y posibilidades reales de emprender. Un país sin controles de cambio ni controles de precios, donde la economía pueda funcionar con normalidad y las reglas no dependan del capricho de quien manda.

Queremos visitar Venezuela sin miedo a que nos roben, nos estafen, nos secuestren o nos fastidie un policía corrupto. Poder alquilar un carro, reservar un hotel o un apartamento y pasear con tranquilidad. Cosas corrientes en cualquier viaje que, para nosotros, forman parte de una aspiración mucho más grande.

Por ponerlo en algo concreto y personal: me gustaría que existiera un vuelo directo entre Madrid y Barcelona, en el estado Anzoátegui, sin tener que pasar obligatoriamente por Maiquetía. Poder llegar, abrazar a los míos y disfrutar del país sin convertir cada desplazamiento en una operación complicada.

Detrás de ese deseo hay algo más que comodidad. Está la posibilidad de mantener los vínculos, de que nuestros hijos conozcan a sus abuelos y de que la distancia no termine borrando nuestra relación con el lugar del que salimos.

A muchos nos importaría bastante menos el nombre de quien ocupe la presidencia si pudiéramos vivir esa normalidad. Lo decisivo sería cómo gobierna, qué derechos respeta y qué resultados ofrece. Poder ir, venir, emigrar, regresar o visitar debería ser una decisión personal, no una prueba de resistencia.

Cuando las elecciones se convierten en una carrera por el cargo

Luego está la clase política, con su séquito, sus aspirantes, sus operadores y sus financistas. Ahí es donde la palabra «elecciones» puede cambiar por completo de significado. Para algunos, el bienestar del país parece quedar detrás de la urgencia de llegar.

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No puedo conocer las intenciones de cada dirigente. Pero sí creo que debemos examinar la distancia entre sus discursos y sus prioridades. Quien reclama una fecha debería explicar también qué propone para el día siguiente y qué límites está dispuesto a aceptar cuando tenga poder.

¿Con qué instituciones gobernaría? ¿Cómo protegería a quien piensa distinto? ¿Aceptaría una justicia independiente si una decisión le perjudicara? ¿Respetaría las mismas reglas que exige desde fuera del gobierno?

La vocación democrática se demuestra también al responder esas preguntas. Pedir votos resulta mucho más sencillo que comprometerse a rendir cuentas. Y una ambición personal, por mucho que se presente envuelta en palabras solemnes, no se convierte automáticamente en un proyecto de país.

Votar exige garantías y un día después

Unas elecciones sin garantías reales ni instituciones capaces de sostener el resultado pueden abrir otro conflicto en lugar de resolver el anterior. La cuestión no es únicamente quién gana, sino quién garantiza que los votos se cuenten, que el resultado se respete y que el gobierno tenga límites.

Reconstruir un país con un deterioro institucional profundo exige mucho más que colocar urnas. Hace falta recuperar servicios, seguridad, actividad económica y confianza. También una administración que atienda al ciudadano sin preguntarle primero a qué partido pertenece.

Esa reconstrucción no tiene el atractivo de un mitin. Consiste en presupuestos, equipos competentes, procedimientos y responsabilidades concretas. En conseguir que una institución funcione incluso cuando cambia la persona que la dirige.

Ahora bien, exigir condiciones tampoco debería convertirse en una excusa para aplazar indefinidamente el derecho a elegir. Si alguien sostiene que todavía no se puede votar, también debe explicar qué falta, cómo se va a resolver y quién verificará los avances. La preparación necesita compromisos comprobables, no una espera sin final.

La discusión seria debería unir ambas exigencias: elecciones que permitan decidir y condiciones que hagan efectiva esa decisión. Una fecha sin garantías puede frustrar otra vez; unas garantías prometidas sin horizonte también.

El país por encima de la silla

Por eso creo que la respuesta honesta sigue siendo incómoda. Para muchos ciudadanos, dentro y fuera de Venezuela, la prioridad es vivir bien y recuperar la tranquilidad. El voto importa en la medida en que permite construir y defender ese futuro.

Mi desconfianza aparece cuando la conversación se reduce a nombres, candidaturas y repartos, mientras las necesidades de la gente quedan para después. Quiero escuchar menos sobre quién merece gobernar y más sobre cómo evitar que cualquier gobernante vuelva a disponer del país como si fuera suyo.

Quizás el problema más profundo no sea solo la falta de elecciones con garantías, sino la falta de una política que ponga el país por encima de la ambición. Mientras eso no cambie, cada elección corre el riesgo de convertirse en otro capítulo del mismo libro: demasiadas manos peleándose por la misma silla y demasiada gente esperando, simplemente, que las cosas funcionen.

Recuerda, mi nombre es Enrique Vásquez y soy abogado de extranjería estudiado y colegiado en España, para información migratoria escríbenos a www.yoemigro.com/contactanos.

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