Hoy leí un tuit sobre jóvenes extranjeros que se están mudando a Venezuela. No van de vacaciones: quieren vivir allí porque sienten una conexión difícil de explicar con el país. Lo leí justo cuando venía pensando en algo parecido, pero desde el otro lado del espejo: la crianza de una hija que está creciendo sin conocer nada de lo que para nosotros fue normal. Esa es la Venezuela que mi hija todavía no conoce.

El mundo que mi hija conoce
Mi hija tiene tres años. Hay toda una realidad que, sencillamente, no sabe que existe. No sabe lo que es un apagón. No conoce esos puntos de control en la carretera donde un funcionario decide cómo tratarte ese día o cuánto dinero intentar sacarte. No ha tenido que lidiar con un policía o un guardia abusador. No sabe lo que es un internet que falla constantemente, porque para ella internet siempre funciona. Mucho menos sabe lo que es un perro callejero.
Tampoco ha oído hablar del dólar ni de las tasas de cambio: bolívares, USDT, tasa BCV, tasa Binance o tasa euro. Quizás ha escuchado la palabra «euro» cuando decimos cuánto cuesta algo, aunque a su edad el propio concepto de dinero sigue siendo un gran desconocido.
Cuando viaja en tren o en metro, utiliza servicios de primer nivel, y ya lo ha hecho en más de un país. Sabe lo que es llegar a un lugar donde se habla otro idioma. Ha volado muchas veces y también ha viajado en trenes de alta velocidad. No sabe lo que es ir en el carro de su papá sin estar bien sujeta en su silla.
Para ella son normales las cuatro estaciones: cuando comienza el colegio se termina la piscina y llega el frío. Ese es su mundo, un mundo en el que casi todo funciona.
La atracción por lo que no hemos vivido
Ahí está la reflexión que me despertó aquel tuit. Entiendo que alguien que ha crecido rodeado de comodidad y previsibilidad sienta curiosidad por lo desconocido, por lo áspero, por una vida distinta a la suya. Puede vivirlo como una aventura o una búsqueda personal.
Quizás por eso algunos jóvenes de países desarrollados sienten atracción por lugares cuyas carencias y problemas estructurales nunca padecieron. Para ellos puede ser una experiencia intensa, incluso una forma de autenticidad. Lo que para nosotros fue sufrimiento, para ellos puede parecer descubrimiento. Hay una distancia enorme entre visitar una dificultad y tener que vivir con ella sin poder elegir.
Y sé que, muy probablemente, a mi hija le pasará algo parecido. Ella y sus amigas, criadas en la comodidad europea, algún día querrán conocer lugares que hasta entonces solo han escuchado nombrar. Sentir curiosidad por sus raíces y por otras formas de vivir sería lo más natural del mundo.
El viaje que quiero hacer con ella
Por eso he pensado que, llegado el momento, quiero ser yo quien la lleve a Venezuela. Quiero que conozca esa otra realidad acompañada, en un entorno seguro y rodeada de su gente.
Quiero llevarla a Lechería, a la casa donde crecí en Puerto La Cruz y al «rancho» de sus abuelos en Carúpano. Que duerma en un chinchorro. Que se bañe con el potecito de mantequilla cuando no haya agua. Que conozca los apagones y los días en que se cae internet. Que vea de cerca esas carencias que nos marcaron y que a ella, al principio, quizás le parezcan anécdotas exóticas.
Por supuesto, no deseo que sufra ni pienso buscar dificultades para darle una lección. Me gustaría que pudiera conocer el lugar tal como es, con la protección de su familia y también con todo lo hermoso que tiene: su gente, el mar, los afectos y esa parte de nuestra historia que no cabe en una fotografía.
Un regalo en dos direcciones
No lo pienso como un castigo ni como un discurso de «valora lo que tienes», aunque tal vez algo de eso aprenda. Para mí sería un regalo doble.
Por un lado, conocería de dónde viene: la vida que se esconde en el acento de sus abuelos, en las historias de sus padres y en los lugares que nombramos desde lejos. Por otro, si algún día siente ese llamado a lo desconocido, podría empezar a explorarlo de la mano de quienes la quieren y pueden cuidarla, en la tierra de los suyos.
Hay algo hermoso y a la vez vertiginoso en criar a una hija que no carga nuestras cicatrices. Nosotros crecimos con esas carencias y emigramos, entre otras razones, para que ella no tuviera que vivirlas. Y ahora resulta que precisamente por no haberlas vivido quizá algún día quiera acercarse a ellas. La vida y sus vueltas.
Solo espero estar ahí para acompañarla cuando llegue ese momento. Ojalá el oriente venezolano, con sus playas, sus chinchorros, sus carros viejos, sus apagones y hasta el potecito de mantequilla, le ayude a entender que la comodidad en la que creció no es lo normal para todo el mundo. Es un privilegio que a sus padres les costó muchísimo darle.
Recuerda, mi nombre es Enrique Vásquez y soy abogado de extranjería estudiado y colegiado en España, para información migratoria escríbenos a www.yoemigro.com/contactanos.
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